jueves, octubre 11, 2007

Leyes, muchas leyes, ¿y después?

Un fenómeno interesante está ocurriendo en el país: la súbita discusión del marco jurídico que nos rige. En los parlamentos federal y estatales se libran batallas que han acaparado la atención de los medios de comunicación y que, en algunos casos, han polarizado a la opinión pública. Sin embargo, algo falla. Al igual que el estudiante que se hace de cientos de fotocopias, libros y notas antes de elaborar una tesis (y que nunca logra redactar), así la sociedad mexicana reinventa su normatividad para que después todo siga igual.

La historia de la teoría política puede resumirse en la siguiente pregunta, ¿por qué debo obedecerte a ti o a otras personas? Este simple cuestionamiento ha llevado a infinidad de pensadores e ideólogos a plantear múltiples opciones y modelos de convivencia social.

Sin embargo, uno de los puntos en los que la mayoría ha coincidido es en la necesidad de establecer reglas del juego para procesar los conflictos públicos. Desde los planteamientos clásicos de John Locke y Montesquieu sobre la separación de poderes, el común denominador ha sido el debate sobre quién o quiénes deberán fijar las normas para que la sociedad pueda marchar de forma ordenada.

Así, en los regímenes monárquicos esta atribución se concentraba en la figura del rey (el poder en uno solo), en las aristocracias en la nobleza (el poder en unos cuantos) y en la república en el pueblo (el poder en manos de todos). La soberanía encontraba, de esta forma, su materializació n para después proceder al establecimiento de las leyes que dieran certidumbre y eliminaran –en la medida de lo posible—los posibles abusos a los que está sometida la humanidad por su propia naturaleza.

En las democracias el asunto se ha sofisticado y, por ende, convertido en algo más complejo. Partiendo de la idea de que todo el pueblo es el soberano, pero también siendo conciente de que no todo el pueblo puede (ni quiere) participar en política, la vía que se ha preferido ha sido la de la representatividad a través de las instituciones. Es decir, la soberanía se ejerce a través del Poder Legislativo.

Pues bien, en los últimos días los mexicanos nos hemos interesados por la actividad de dicha institución. ¿El motivo? Los temas que ahí se están discutiendo. No es que ésta sea la primera vez que el parlamento trabaja. No. El punto es que sus resoluciones están llamando la atención e involucrando a un mayor número de personas.

Los ejemplos más claros han sido las modificaciones a la Ley del ISSSTE y la despenalizació n del aborto. Ambas polémicas, ambas con repercusiones en la vida de la gente. Las imágenes de las manifestaciones callejeras de los grupos pro y anti aborto el día de la votación en la Asamblea Legislativa, así como de las 40 marchas que se realizaron el miércoles 2 de mayo en la Ciudad de México en contra de la primera dan cuenta de lo anterior.

Sin embargo, el asunto grave viene después. Tenemos un Congreso que se pone a trabajar. Tenemos una opinión pública que se divide (la democracia implica la exaltación del conflicto). Tenemos un resultado que puede o no gustar a la gente y que se concreta en leyes. ¿Y después? No gran cosa.

Veamos de manera breve tres ejemplos contundentes y aleccionadores.

Primero, la Ley Cívica del Distrito Federal. En este ordenamiento se establece que personajes como los franeleros y los limpiaparabrisas pueden ser remitidos por la policía. ¿Esto sucede en la práctica? No. En las calles siguen dominando los viene-viene frente a los ojos de la autoridad. Segundo, la normatividad que obliga a la separación de la basura. Se realiza en casa y, cuando llega el camión, el trabajador de limpia coge las bolsas y las pone en un mismo recipiente. Tercero, la despenalizació n del aborto. Ya se ha aprobado, pero ahora resulta que es insuficiente la infraestructura médica para atender los posibles requerimientos.

En resumen, tenemos muchas leyes, pero no se aplican. ¿Por qué? Por múltiples razones. Por falta de personal, por desidia, por costumbre, por debilidad de las administraciones públicas. Al final del día lo que queda es esa sensación de haber atravesado el océano nadando para morir en la orilla.

¿Cuál es una de las conclusiones de esto? Que el ejercicio de gobierno es integral. Es decir, que el trabajo del Legislativo es crucial, pero no definitivo, que también debe volverse la mirada al Ejecutivo, al órgano que efectivamente lleva a cabo lo que se plantea en el mundo del deber ser.

En suma, que no sólo importa el qué (la voluntad) sino el cómo (la acción).

Post Scriptum

He visto El violín (Francisco Vargas, 2005), la película mexicana que ha ganado varios premios aún antes de presentarse en su país. Una gran obra de principio a fin. Un filme político sin concesiones y destinado a convertirse en un clásico. Además, hay algunas tomas en las que lo primero que viene a la mente es la Sierra Norte de Puebla. Quizás lo más impresionante es el silencio que se queda flotando en la sala cuando la pantalla va a negros. Cuando se acaba la música.

Recomendable al cien.


El Guardián, mayo 5, 2007.

Día del libro

Esta semana que concluye se caracterizó, entre otras cosas, por celebrar al Libro, la Lectura y los Derechos de Autor. El pasado lunes 23 de abril, fecha en la que coinciden los aniversarios luctuosos de Miguel de Cervantes y William Shakespeare, se realizaron en todo el orbe diversas actividades relativas a estos temas. En México, el principal debate se ha centrado en el hábito de la lectura entre los ciudadanos.

El punto es relativamente simple: en el país no se lee. Tal cual. Al menos no como se esperaría que lo hiciera una sociedad con las características de la mexicana, es decir con un cierto nivel de desarrollo a pesar de la extrema desigualdad, con una enorme cantidad de jóvenes y con una industria editorial que, hasta hace pocos años, fue prolífica y rentable.

Diversos datos y autores avalan esta afirmación. Uno de ellos ha sido el escritor Guillermo Sheridan (Monterrey, 1950). En su excelente artículo incluido en el número de abril de la revista Letras Libres hace un breve recuento de las cifras sobre la lectura en México. Veamos.

De acuerdo con estadísticas de la OCDE y la ONU, el mexicano promedio lee 2.8 libros al año. En el país existe una sola biblioteca pública por cada 15 mil habitantes. Aproximadamente 40 por ciento de los encuestados no ha entrado jamás a una librería, establecimientos de los cuales se pueden encontrar uno por cada 200 mil personas a lo largo del territorio. Por lo anterior, se calcula que sólo contamos con 600 librerías en una nación con más de 100 millones de habitantes ("La lectura en México/1", en Letras Libres, núm. 100, p. 122).

Si este recuento es escalofriante por sí mismo, la pregunta que se plantea Sheridan en su artículo lo es más: ¿de veras creen que en México hay una biblioteca pública por cada 15 mil habitantes?

Con tono sarcástico, el Doctor en Letras por la UNAM y ex director de la Fundación Octavio Paz pone la cosa clara: "ignoro su metodología, pero conozco mi tierra. Me temo que lo más seguro es que el encuestado mexicano promedio no haya leído nada nunca y haya decidido mentir, proclive como es a la exageración y a la baladronada, en especial cuando se le encuesta o entrevista".

En su opinión, a ese "mexicano promedio" la pura idea de leer libros le resultó a tal grado misteriosa que, aún creyendo exagerar (al contestar que leía "2.8" ejemplares al año), no exageró.

Durante mi estancia en el bachillerato (1990-1993) intenté hacer mi servicio social en la Biblioteca Municipal de Huauchinango, la misma que se ubica dentro de las instalaciones de la Casa de la Cultura. Me refiero no a la principal, es decir a la Sandalio Mejía, sino a la que está (o estaba, no estoy seguro) a un costado, aquella que fue atendida por años por una frágil anciana de párpados caídos.

Desde ese lugar pude observar en directo un pequeño muestrario del fenómeno del libro y la lectura en México. Las únicas personas que solían acercarse al recinto eran, por lo general, estudiantes de primaria y secundaria buscando resolver alguna tarea escolar. Preguntas del tipo ¿tiene algún libro de la guerra? eran frecuentes entre los chicos. ¿Cuál guerra?, contestábamos ambos. No sé, respondían para después volver a mirarnos fijamente esperando con ansiedad el producto de su petición.

Por supuesto, el material con el que contábamos tampoco era el más óptimo para saciar la de por sí escasa demanda de servicios. Por ahí había algunos viejos libros de textos de décadas pasadas, por acá los infaltables de las colecciones "Sepan cuántos..." de Porrúa o de "Letras Mexicanas" de Joaquín Mortiz, por allá el clásico y multimencionado Huauchinango histórico de Sandalio Mejía. Hasta ahí dábamos y no importaba mucho: aún no eran los tiempos en los que palabras como democracia, rendición de cuentas y participación ciudadana se repetían sistemáticamente entre toda la población.

Dada la abulia y la monotonía que presagiaba ese servicio social decidí cancelarlo. Una verdadera pena no por la actividad, sino por la estoica dama que de lunes a sábado se sentaba en su escritorio a mirar la vida pasar entre el polvo y el frío.

Los años han pasado y desconozco qué ha sucedido con la Biblioteca Municipal de Huauchinango. Imagino que se han destinado algunos recursos financieros y materiales con el fin de mejorar el servicio.

Pero, al igual que Sheridan, puedo aventurar una respuesta no con base en metodologías, sino en el conocimiento de la tierra: los únicos que deberán acercarse en 2007 serán algunos estudiantes del nivel básico preguntando si no hay libros de la guerra. Los usos y costumbres son los últimos en cambiar en cualquier tiempo y en cualquier lugar.

"Estas estadísticas han cubierto al país de vergüenza", señala el autor respecto a los datos de la lectura en el artículo citado. "Lo bueno es que como el país no lee, no se ha enterado de que está cubierto de vergüenza".


El Guardián, abril 28, 2007.

Instantáneas de abril

1. Nueva Ley del ISSSTE

He leído en diversos medios posiciones a favor y en contra de la nueva Ley del ISSSTE, la misma que replanteará el sistema de pensiones para todos aquellos trabajadores al servicio del Estado asegurados en el mismo. Como en otra buena cantidad de temas de la agenda pública, lo que queda al final del día es esa sensación de que algo grande ha sucedido y que una mayoría se ha quedado en la desinformación.

Por un lado, los miembros del Congreso que votaron a favor de la reforma, el Ejecutivo Federal y algunos analistas políticos nos afirman que esta medida ha "salvado" al Instituto y que los beneficios se notarán en el mediano y largo plazo. En suma, que era algo que tenía que hacerse tarde que temprano. De acuerdo.

Por el otro, los legisladores que se opusieron a esta modificación, algunos grupos sociales organizados y otro sector importante de analistas señalan lo contrario: que la nueva Ley del ISSSTE no tendrá repercusiones importantes en la calidad de los servicios que el Instituto presta, que se ha tratado de un "robo en despoblado" y que esta acción forma parte del amplio catálogo de estrategias del modelo neoliberal.

Ante esto, una pregunta válida –tanto para los que son afectados de manera directa como para el resto de la población—es, ¿a quién creerle?

Este cuestionamiento, que de entrada parece ser bastante obvio e ingenuo, devela un problema más agudo: la escasa discusión de los asuntos públicos en el país o, al menos, su baja discusión de manera pausada, con base en argumentos sólidos y de cara a los interesados.

Cualquier persona que haya puesto un pie en alguna clínica del ISSSTE (como también en sus contrapartes del IMSS) sabe a lo que se enfrenta cuando solicita un servicio médico: largas esperas, atención que suele ser ineficiente, burocracia, carencia de medicamentos, entre otros. Bajo esta perspectiva, ¿quién podría estar en desacuerdo de realizar cambios para mejorar su financiación y su calidad? Sólo quienes no lo conocen.

Desafortunadamente, quienes al parecer pertenecen a ese grupo son los propios legisladores, los cuales no tienen la necesidad de acudir a dichas instalaciones cuando se enferman. Al respecto, ha sido bastante interesante la propuesta de que, si en verdad el ISSSTE se transformará en una institución de vanguardia con los cambios realizados a su marco jurídico, éste sea el lugar en el que deban atenderse los representantes populares de manera obligatoria.

Algo queda mal al final del día, repito. Ya sea que los que aprobaron las modificaciones no han tenido el tino suficiente de decirnos y convencernos el por qué de su actuación, o bien, que los que se batieron en el Congreso y en la calle para impedirla no fueron lo suficientemente capaces de llevar a buen término su cruzada.

2. Bicicletas y playas en el Distrito Federal

Dos imágenes que se convertirán en referentes de los resúmenes anuales de noticia. Primero, el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Luis Ebrard, arribando desde su hogar en la colonia Condesa a su oficina el lunes 2 de abril en bicicleta. Segundo, un alegre grupo de gente disfrutando del solaz en las playas artificiales instaladas en cuatro zonas de la ciudad con arena traída desde Mandinga, Veracruz.

Sin duda, dos golpes mediáticos de la administración de izquierdas que gobierna la capital del país. Más allá de su impacto en la opinión pública, ¿qué otras lecturas pueden tener ambos acontecimientos?

La idea de fomentar el uso de medios de transporte alternos como la bicicleta no es mala. Sin embargo, dadas las peculiares condiciones viales del Distrito Federal, ¿no sería conveniente que lo que se trate de incentivar sea el uso del transporte público existente? Es decir, que los funcionarios del gobierno local prefiriesen trasladarse de la misma manera en que lo hace un importante sector de sus gobernados de manera cotidiana. Así, al menos conocerían los avatares a los que tiene que sujetarse el ciudadano común en el día a día.

Respecto al asunto de las playas y todo el caudal de sorna y críticas que provocó, bueno, aquí habría que recordar que la sociedad mexicana es, predominantemente, pobre o, al menos, en extremo desigual. Así, lo mismo hay gente que puede pagarse sin problemas el viaje a Tecolutla o a Ibiza, o bien, que simplemente no podría conocer la arena ni volviendo a nacer.

Entonces, que como suele suceder, todo depende del cristal con que se mira.


El Guardián, abril 21, 2007.

Sartori en México

Si pudiésemos usar una metáfora para comenzar a hablar del politólogo italiano Giovanni Sartori (Florencia, 1924), diría que es una especie de Benito XVI de las Ciencias Políticas: el heredero vivo de la disciplina que comenzó hace casi 500 años su coterráneo Niccolo Machiavelli.

Por estas fechas Sartori ha estado en el país. El motivo ha sido el recibimiento del Doctorado Honoris Causa que la Universidad Nacional le ha otorgado –junto al filósofo español Fernando Savater, el físico Leopoldo García, la filósofa Juliana González, entre otros personajes—el pasado jueves 12 de abril en el Palacio de Minería de la Ciudad de México.

Lo anterior no ha sido desaprovechado por la academia y los medios de comunicación para buscar alguna opinión sobre la política mexicana. No siempre se cuenta con esta clase de figuras en el país. Así que, entre conferencias, entrevistas y demás, las declaraciones del politólogo no han pasado desapercibidas ni han dejado de motivar cierta polémica entre algunos actores políticos locales, lo cual es conveniente repasar de manera breve.

Uno de los comentarios que más revuelo ha causado es el que se ha referido al "chantaje" que los partidos "chicos" realizan a sus contrapartes consolidadas durante las elecciones. En opinión de Sartori, "si un partido pequeño con dos por ciento del voto aparece en escena, irá con el PRI o con el PAN y dirá 'sé que no puedo ganar la elección, pero puedo hacer que pierdas, así que o me das algunos lugares gratis o vas a perder ese asiento'. Eso es chantaje, simple y llanamente" (El Universal, abril 11, 2007).

En efecto. Los electores hemos sido testigos de esta práctica en los últimos tiempos.¿Qué ha hecho que algunos partidos sin representación, sin presencia, sin líderes identificables y sin propuestas trascendentes mantengan su registro y, sobre todo, sus prerrogativas electorales? Básicamente, las "alianzas" que forman con alguno de los tres grandes para presentarse en coalición a los comicios.

A pesar del flaco favor que esto hace a nuestra democracia, sí ha sido bastante eficiente en el divorcio de la ciudadanía con los partidos y sus políticos. Un caso aleccionador es el del Partido Verde, el cual es más recordado por la presencia de sus cabezas en programas televisivos que por su agenda de temas ambientales, supuesto leit motiv de su nombre y razón de ser.

Otro asunto que ha tocado el autor de libros clásicos como La política y Homo Videns ha sido el de la pretendida Reforma del Estado. De manera irónica, Sartori ha declarado que lograrla en un año, tal y como pretende la llamada Ley Beltrones recientemente aprobada en el Congreso, "sería un récord y ameritaría una medalla olímpica".

El propio legislador priísta se encargó más tarde de refutar este argumento, señalando que la duda del italiano se debe a su propio fracaso como líder de un proceso similar en su país.

Más allá de estos dimes y diretes, que bien pueden ubicarse en el terreno del amor propio, el punto que ha tocado Sartori se refiere a la intención de los legisladores de erigirse en "expertos" que redacten leyes fundamentales de la sociedad.

Este es un tema que siempre será susceptible. Desde los debates clásicos del origen y ubicación de la soberanía en Montesquieu, Locke y Rousseau, se ha reconocido la importancia de los representantes en el establecimiento de las reglas del juego. ¿La razón? No todo el "pueblo" puede (ni quiere) participar en política. De esta forma, tal tarea se lleva a cabo a través de intermediarios (los miembros del Legislativo).

La duda de Sartori es válida por una razón: en México la calidad de los mismos (y de toda la clase política) es bastante dudosa. No sólo por la herencia que arrastramos del antiguo régimen, sino por la capacidad –o más bien, incapacidad—que han demostrado algunos de ellos en el desempeño de sus funciones. La destreza para ganar votos no necesariamente se refleja en la habilidad para abordar los temas de la cosa pública.

Ante ello, una de las opciones planteadas sistemáticamente –incluyendo a nuestro invitado—ha sido la de profesionalizarlos mediante la reelección inmediata. Una medida que no sólo ayudaría a obtener una mayor especializació n a través de la experiencia, sino que también establecería con claridad cuántas veces una sola persona puede ser representante de un distrito, tanto estatal como federal.

Siempre es grato contar con esta clase de personajes en el país porque motiva a la reflexión y al debate. No es que estas opiniones sean impronunciables por los politólogos locales, sino por el origen de las mismas. Algo que nos confirma que a los mexicanos nos gusta mirarnos a través de los otros.


El Guardián, abril 14, 2007.

Año electoral

El calendario electoral mexicano se parece mucho al itinerario de nuestras tradiciones, usos y costumbres: no parece haber tregua para el descanso. Hoy tenemos comicios aquí, mañana allá, pasado mañana acullá. La interminable fiesta de la democracia. A pesar de que los candidatos y sus propuestas no suelen ser los protagonistas de la misma, el punto radica en cumplir de manera puntual cada una de las paradas que nos indica el almanaque comicial.

En 2007 habrá elecciones en 14 estados. De hecho, si consideramos la elección extraordinaria que se celebró el 18 de febrero pasado en el ayuntamiento de Tuxcueca, Jal., dicha cifra se incrementa a 15. Sin embargo, la batalla formal comenzará el próximo 20 de mayo en Yucatán, en donde se renovarán los poderes Ejecutivo (un gobernador) y Legislativo (15 diputados de mayoría y 10 de representación proporcional) , así como la totalidad de las alcaldías (106).

Estos comicios, no está por demás decirlo, son cruciales debido a que serán los primeros que se desarrollen en el gobierno de Felipe Calderón, por lo que sus resultados y el manejo de los mismos arrojarán señales sobre la política que el gobierno federal adoptará respecto a este tipo de acontecimientos de naturaleza local.

Después vendrán los estados de Chihuahua, Durango y Zacatecas, en los que se elegirán a los legisladores locales y a los ayuntamientos el próximo 1 de julio. Por su parte, el 5 de agosto tocará el turno a Aguascalientes y Baja California, sitios en los que la gente acudirá a las urnas para elegir diputados y alcaldes, en el primer caso, así como al Ejecutivo y Legislativo estatal y alcaldías, en el segundo.

Un caso aparte lo constituye el de Oaxaca donde, a pesar de que el mismo 5 de agosto se elegirán a los miembros de su Congreso local, no será sino hasta el 7 de octubre cuando la ciudadanía vote con el fin de renovar a sus ayuntamientos. Recordemos que en dicha entidad existen 570 municipios, de los cuales 152 son "formales", es decir se rigen por el sistema de partidos políticos, mientras que la gran mayoría (418) lo hacen por el derecho consuetudinario, también conocido como "usos y costumbres" (una especie de democracia semi-directa asumida por los pueblos indígenas de la región).

El 2 de septiembre toca a Veracruz. Ahí se votará por diputados locales y ayuntamientos, mientras que Chiapas repetirá esta fórmula el 7 de octubre. Una semana después el electorado de Sinaloa también elegirá a sus representantes populares y a sus ayuntamientos.

La última escala de este intenso viaje democrático está programada para el 11 de noviembre de 2007. Aquí se contempla la confluencia de cuatro estados para acudir a las urnas: Michoacán, Tamaulipas, Tlaxcala y Puebla. Sólo en el primer caso se elegirá al gobernador, mientras que en los tres restantes la atención se centrará en la elección de diputados locales y alcaldes.

Como se puede apreciar, durante el presente año existirá suficiente material para los politólogos en materia comicial, el cual se verá aderezado por factores coyunturales como la posición que adopte la presente administració n respecto a estos temas, así como el curso que puedan tomar los acontecimientos en entidades con conflictos recientes como Oaxaca.

Para los lectores de este diario la elección que llama la atención es, sin duda, la que se refiere a la renovación del Congreso (26 diputados de mayoría relativa y 15 de representació n proporcional) y las alcaldías (217) del estado de Puebla. Los comicios intermedios de la administración de Mario Marín, los cuales podrán servir como una especie de termómetro de la situación política que priva en la entidad luego de los audioescándalos de febrero de 2006.

De igual forma, al tratarse de la elección de las planillas a los ayuntamientos, los niveles de expectación y de tensión aumentan por referirse al ámbito de gobierno más próximo a los ciudadanos. Una vez más seremos testigos de ese microcosmos político en el que se aprecian muchas de las características de la política nacional mexicana en las actitudes de los candidatos, las luchas internas de los partidos, la presentación de plataformas de campaña, la súbita aparición de medios de comunicación efímeros, los conflictos pre y post electorales. En suma, del viejo ejercicio de buscar, obtener, retener e incrementar el poder.

En una época en la que lo que parece importar no es conocer el programa de trabajo ni las ideas de los candidatos, sino sólo su nombre y su vida, deberemos estar muy atentos al desarrollo de los comicios en el distrito y en el municipio. Habrá mucho material sobre el cual realizar comentarios. Y si no, al tiempo.


El Guardián, marzo 31, 2007.

El gobierno en acción

En los últimos días hemos sido testigos de una inusual actividad de la administración pública mexicana. Acostumbrados como estábamos durante el gobierno de Vicente Fox a la inmovilidad, el ostracismo y el solaz, las acciones llevadas a cabo tanto por Felipe Calderón como por Marcelo Ebrard, Presidente de México y Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, respectivamente, no dejan de generar reacciones por el hecho de que vemos al gobierno hacer lo que tiene que hacer: gobernar o al menos intentarlo.

El título de este artículo está tomado de una de las definiciones clásicas del término administración pública. Para Woodrow Wilson, ex presidente norteamericano de comienzos del siglo XX, dicho concepto no era otra cosa que "el gobierno en acción". En su opinión, la manera en que la ciudadanía percibe que su gobierno realmente hace algo es a través del movimiento de su burocracia.

De esta forma, cuando la gente observa a los policías en las calles, cuando realiza algún pago en cualquier ventanilla, cuando gestiona un documento oficial en el registro civil, cuando mira a una cuadrilla de trabajadores desazolvar el drenaje puede estar segura de que su gobierno está trabajando. Y esto, en cualquier sociedad y en cualquier tiempo, siempre ha significado un punto a favor que se refleja en la legitimidad y en la posibilidad de continuar en el poder por más tiempo.

Con todas las reservas guardadas, algo similar está ocurriendo en el país. En parte por los renovados bríos que implica un cambio de administració n, pero también por contraste con el equipo predecesor, las acciones realizadas en los ámbitos federal y local se presentan como la vuelta a los principios básicos del ejercicio de gobierno.

La materia central ha sido la seguridad pública, aunque esto no ha exentado el abordaje de otros temas. Un primer análisis basado en la observación de los dos centros más importantes del Poder Ejecutivo –Presidencia de la República y la Jefatura de Gobierno de la ciudad—nos conduce a la conclusión de que, como parte de una velada competencia entre proyectos políticos distintos y en conflicto, la manera en que demostrarán su eficiencia ocurrirá en el campo de los resultados. Veamos.

Por un lado, el gobierno de Felipe Calderón ha iniciado con un considerable despliegue de fuerzas federales en las entidades con los mayores conflictos de inseguridad. La imagen del presidente caminando al lado del secretario de la Defensa portando la indumentaria militar será una de las que más se recuerden del presente sexenio.

Frente a esto, la administración de Marcelo Ebrard establece una estrategia paralela dirigida a atacar los puntos neurálgicos del crimen organizado en el Distrito Federal. Primero en la casi inexpugnable calle de Jesús Carranza en el barrio de Tepito y después en el enorme predio de Iztapalapa en el que se comercializaban cualquier cantidad de auto partes de dudosa procedencia.

Por otra parte, la negociación realizada por el Ejecutivo Federal con el Legislativo ha dado uno de sus primeros resultados concretos: la reforma a la Ley del ISSSTE. La aprobación de una serie de cambios en dicha legislación relativos a las pensiones de la burocracia el pasado jueves 22 de marzo en la Cámara de Diputados, pese a esperar aún la votación en el Senado, ha significado la obtención de algo en lo que Fox tuvo un cuesta arriba eterno: ponerse de acuerdo y generar productos con el Congreso.

En la Asamblea Legislativa del Distrito Federal también se libra una batalla parlamentaria: la discusión y aprobación de una ley que despenalice el aborto. El gobierno de Ebrard se ha declarado "de izquierdas" y, por lo tanto, ha afirmado que defenderá la inclusión de este derecho en la legislación acudiendo al carácter laico y secular del Estado. Aunque los sectores que se dicen "agraviados" han reaccionado de manera puntual, dicha iniciativa no ha sido rechazada del todo por los capitalinos, el sector más liberal del país.

En suma, lo que podemos observar es que ambas administraciones han iniciado sus gestiones a tambor batiente y que, ya sea por mera competencia o por un sincero compromiso público, sus acciones están teniendo repercusiones concretas en la vida cotidiana. Algo que al final del día se agradece, sobre todo si se recuerda el pasado inmediato caracterizado por una notable parsimonia y dejadez.

Lo ideal es que este súbito espíritu laboral se contagie a todas las administraciones públicas mexicanas, en especial a las municipales, en donde la abulia y la desidia aún campean con singular alegría.


El Guardián, marzo 24, 2007.

El Estado y la seguridad

Es interesante observar cómo la humanidad sigue siendo la misma a pesar del paso del tiempo. Leyendo a los clásicos de la teoría política, uno llega a la conclusión de que sus problemas son los nuestros, de que lo que ellos padecieron, experimentaron y, por ende, intentaron solucionar, tiene grandes coincidencias con lo que ahora padecemos, experimentamos y, por ende, intentamos solucionar. La sociedad sigue siendo el resultado de esa extraña mezcla de razón y deseo.

Al respecto, un tema: el de la seguridad. En 1651 Thomas Hobbes, filósofo inglés nacido en 1588, justificaba la creación del Estado –o Leviatán—al afirmar que era más provechoso para los humanos ceder parte de su libertad individual con el fin de crear esta figura que seguir en el estado de naturaleza, es decir en el de la guerra de todos contra todos. ¿La razón? Sólo de esta forma se aseguraba la vida y la seguridad de las personas y sus bienes o, al menos, se reducía el riesgo sobre los mismos.

A pesar de que este autor ha sido vinculado sistemáticamente con el Estado absolutista, el objetivo de Hobbes era demostrar por qué convenía más a la sociedad contar con un Estado fuerte que vivir en el caos. En su opinión, a través de dicho ente, creado por un contrato social, la existencia de las personas podía ser menos miserable e inestable, tal y como sucedía en la anarquía. Así, la legitimidad, la razón de ser y el fin último de dicho Estado era la de dotar de seguridad y orden a la convivencia humana.

Todo esto viene a colación porque esta mañana he asistido a la presentación de las iniciativas de ley con las que el gobierno de Felipe Calderón pretende recuperar la paz, la seguridad y el orden en el Estado mexicano.

En la víspera de los primeros 100 días de gobierno se busca cumplir uno de los compromisos que el Ejecutivo asumió en su discurso del Auditorio Nacional, en aquel aciago viernes 1 de diciembre de 2006. Como se recordará, en aquella ocasión instó a las dependencias vinculadas con la seguridad del país (PGR, SEGOB, SSP, entre otras), a plantear alternativas para recuperar eso que Hobbes identificaba como la esencia del Estado: la seguridad y la paz.

Lo que Calderón ha planteado es reformar la Constitución para promulgar un Código Penal Único para todo el país, dotar de facultades de investigación a la Policía Federal y dar autonomía al Ministerio Público, entre otros temas. Todo dirigido a que el Estado mexicano "garantice la seguridad pública y ponga un alto a la delincuencia".

Ahora, volviendo a Thomas Hobbes, en su obra también deja claro que lo importante no sólo es el establecimiento de normas o leyes de convivencia, sino que exista algo que garantice su aplicación. "Los pactos de los hombres deben estar basados en la espada", se puede leer en alguna línea de su obra Leviatán. En efecto, podemos definir, escribir, modificar, derogar, innovar, generar o hasta inventar códigos de conducta, leyes, reglamentos, marcos jurídicos, pero si estos no cuentan con el factor de operatividad sólo quedarán en eso, en palabras.

Pensemos en un caso que se ha convertido en paradigmático y aleccionador al mismo tiempo: el de la separación de la basura. Desde hace algunos años se ha dispuesto que apilar los residuos orgánicos e inorgánicos en recipientes diferentes es una obligación en la Ciudad de México. De acuerdo. Nos beneficia por cuestiones ambientales, de salud y hasta económicas. En los hogares se han cambiado algunos hábitos y nuestra conciencia ecológica se ha fortalecido En contraste, todo se viene abajo cuando aparece el camión de la basura y los trabajadores de limpieza meten las dos bolsas con indiferencia en el mismo contenedor. Frente a esto, ¿para qué nos sirve dicha ley?

Como he mencionado, Felipe Calderón ha realizado este acto en la víspera de sus primeros 100 días de gobierno, periodo en el que ha centrado sus esfuerzos en enviar un mensaje a la población de que su prioridad es el combate al crimen organizado. Su estrategia ha demostrado ser exitosa hasta el momento. Sus niveles de aprobación social se mantienen estables frente a lo que parecía una misión imposible desde su toma de posesión. Sin embargo, se trata de una tarea larga y complicada, cuya calificación requiere ir observando los resultados tangibles de las acciones.

Al final, lo que sigue llamando la atención es esa búsqueda eterna de la humanidad: convivir de manera civilizada. Es decir, manejar nuestra razón y nuestro deseo. Y, a la fecha, esto sigue pasando por la presencia del Estado. O como ha afirmado el profesor Rafael Segovia: si la vida con el Estado es difícil, sin él es imposible.


El Guardián, marzo 10, 2007.