jueves, octubre 11, 2007

Tiempo de elecciones

En uno de los puntos más álgidos del audioescándalo en el que se ha visto involucrado el titular del Poder Ejecutivo de Puebla desde febrero de 2006, diversos analistas políticos señalaron que el impacto de este hecho se podría notar en toda su extensión en los comicios intermedios en la entidad. Bueno, el tiempo ha llegado y en dos meses sabremos si las predicciones han sido acertadas o no.

En efecto, Puebla se prepara para renovar su Congreso y sus ayuntamientos. El próximo 11 de noviembre estarán en juego un total de 217 alcaldías para igual número de municipios, y se elegirán 26 diputados por el principio de mayoría relativa y 15 por el de representación proporcional. Estos últimos tomarán posesión del cargo el 15 de febrero del año entrante, mientras que los alcaldes un mes antes.

El fenómeno de acudir a las urnas aviva el debate político. Es durante estos periodos cuando la población vuelve la mirada hacia los asuntos públicos más importantes y cuando se buscan soluciones a los mismos. Las carencias sociales, la lucha por el poder y el bombardeo sistemático a través de la publicidad, entre otros temas, se convierten en los temas de conversación de la vida cotidiana.

Los datos duros disponibles a 60 días de los comicios en Puebla no nos permiten realizar inferencias definitivas, pero sí algunas aproximaciones interesantes.

El diario local La Jornada de Oriente ha publicado un estudio de opinión en el que se muestra que, al 1 de septiembre, la intención del voto por partido y candidatos registrados para la alcaldía de Puebla registra un empate técnico entre las dos principales fuerzas políticas, es decir entre el PAN (Antonio Sánchez) y el PRI (Blanca Alcalá), con 17 y 18 por ciento, respectivamente. Por su parte, el porcentaje de ciudadanos que afirmó preferir a un partido diferente a estos fue de 15, mientras que 46 por ciento dijeron estar "sin partido ni candidato" (Sergio Cortés, "Parejos", en La Jornada de Oriente, septiembre 6, 2007).

Dentro del mismo estudio, a la pregunta, cuando usted vota, ¿en qué se fija primero, en el candidato o en el partido?, los encuestados respondieron que en el candidato (60 por ciento), en el partido (17), en ambos (ocho), en el programa (siete) y que no vota y no opina (ocho).

A pesar de que este sondeo fue realizado entre habitantes de la capital del estado, puede ser útil para averiguar las tendencias de opinión en la entidad. Al respecto, debe destacarse que la preferencia por la persona que se postula es más fuerte que la fidelidad hacia un partido político. Un aspecto interesante debido a que, hasta hace pocos años, lo prevaleciente era lo opuesto, es decir no importaba quién fuese postulado, sino mostrar el respaldo a la organización política.

Esto ha dado lugar, entre otros aspectos, a la incorporación en política de personajes populares o que cuentan con recursos financieros, pero con baja o nula experiencia y formación dentro de la administración pública y el proceso legislativo.

En el caso de Huauchinango los tambores que llaman a la contienda electoral también han comenzado a sonar. Cualquier persona que camine por sus calles podrá percatarse de cómo se van llenando los espacios públicos de propaganda a favor de los diversos candidatos a la alcaldía y a la diputación local.

Esto es provechoso porque volverán a ponerse sobre la mesa los aspectos pendientes para la comunidad. Siendo optimistas, el debate para decidir el voto deberá estar marcado por las propuestas que los candidatos hagan para solucionar problemas históricos del municipio, a saber el desempleo, la inseguridad, la necesidad de nueva infraestructura, la regulación urbana, la atención a las comunidades, entre otros.

Repito, siendo optimistas, ya que lo que hemos visto en los últimos comicios, tanto federales como estatales, ha sido una fuerte tendencia hacia las campañas sucias y negativas. Y no sólo pienso en lo que ha sucedido durante las presidenciales de julio de 2006, sino a casos recientes como los comicios de Yucatán, Oaxaca y, sobre todo, a la elección de gobernador en Baja California.

Las maquinarias han echado a andar y el ambiente se tornará sumamente politizado durante las próximas semanas. Así, volveremos a dejar en libertad al instinto humano de lucha política que habita en nuestro interior. Ese que ha sido uno de los motores de la historia de la humanidad y que nos lleva a la conciliación de intereses en conflicto.

Algo de lo cual nadie puede escapar debido a nuestra propia naturaleza.


El Guardián, septiembre 8, 2007.

Primer Informe de Gobierno

Dos imágenes.

Septiembre 1, 2006. El entonces presidente Vicente Fox intentando llegar a la tribuna de San Lázaro para rendir su último informe de gobierno ante el Congreso. Algo que no pudo realizar debido a que los propios legisladores le impidieron el paso al recinto. El rostro del Ejecutivo resignado, depositando el grueso volumen en las manos del representante de una comisión nombrada exclusivamente para ese efímero objetivo.

Diciembre 1, 2006. Felipe Calderón tomando protesta como presidente constitucional de este país en la tribuna de San Lázaro después de abrirse paso entre los legisladores de la oposición que desconocían –y dicen desconocer aún—su investidura. Un final de fotografía dadas las peculiares condiciones que rodearon el conocer el nombre del nuevo titular del Poder Ejecutivo. Contra varios pronósticos, la televisión nos daba esa escena ya histórica del ganador reconocido de los comicios levantando la mano derecha y repitiendo lo que dicta la Constitución.

Un año después aquí estamos. El tiempo ha seguido su marcha y hoy ha llegado el momento de volver a cumplir el viejo ritual que señala el artículo 69 de la Constitución, el que obliga al titular del Poder Ejecutivo a presentar el informe del estado que guarda la Administració n Pública Federal al Poder Legislativo. Nueve meses han transcurrido ya, los cuales nos permiten realizar algunas breves reflexiones.

Primero, el gobierno de Calderón se ha mantenido a flote. Esto, que a primera vista parece no decir gran cosa, debe analizarse con la mesura que nos permiten las circunstancias. Me explico. Hasta finales de noviembre del año pasado, varios analistas ponían sobre la mesa sus dudas respecto a la capacidad de la nueva administració n para coger las riendas del país debido a las ríspidas condiciones prevalecientes. Es decir, frente a un escenario de alta probabilidad de conflicto, lo que preocupaba era saber si los recién ingresados tendrían las destrezas para mantener la situación bajo control.

Al respecto, debe recordarse que una de las apuestas del movimiento encabezado por el ex candidato Andrés Manuel López Obrador no sólo era la de desconocer a Felipe Calderón, sino la de refundar la República. Esto podría interpretarse como el intento de dar un golpe de timón que cimbrara las bases mismas del Estado mexicano. Al haber mandado "al diablo" a las instituciones, la vía que se avizoraba era la de la ruptura, más que la de las reformas consensadas.

Un año después no debe olvidarse lo anterior por dos razones: porque nos sirve para contextualizar la situación actual y porque nos recuerda que un importante sector de la población no está de acuerdo con el manejo que se ha dado a la política y el poder en México.

Segundo, existe cierto consenso en afirmar que la eficiencia del gobierno se ha incrementado. Esto, que a primera vista puede resultar controvertido, se basa en algunos aspectos simples o relativos. El más importante, quizás, es el hecho de que casi cualquier otra administración que ingresara después de la encabezada por Vicente Fox lo haría mejor. Es decir, frente a la probada incapacidad de conducción política del guanajuatense, un gobierno con un poco más de experiencia, decisión y coordinación debería mejorar su imagen ante la opinión pública.

La carta de navegación había quedado trazada de forma circunstancial: la administració n entrante debía atender con urgencia los focos rojos del país, a saber el clima de inseguridad, la descoordinació n entre los miembros del gabinete, la recuperación de cierto respeto a la investidura presidencial, el final de los arranques locuaces y la vuelta a la mesura.

Sin duda, una evaluación más completa al trabajo del actual gobierno está pendiente. Aún falta conocer el resultado de sus acciones para obtener acuerdos con el parlamento, para materializar su principal oferta de campaña (la generación de empleo), para recuperar el liderazgo en América Latina, para atender conflictos locales, entre otros.

Lo que debe destacarse es que, a día de hoy, las condiciones del país son cualitativamente mejores a las de hace un año. No porque hayan progresado significativamente, sino porque se mantienen estables. No porque se simpatice con el presidente y su partido, sino porque nuestras instituciones han soportado –a trancas y barrancas—la dura prueba a la que han sido sometidas y, sobre todo, porque sus carencias han salido a flote, lo cual permitirá –al menos en teoría—corregirlas a la brevedad.

Post Scriptum

El presidente constitucional debe presentar hoy el informe que guarda la administración pública ante los representantes populares reunidos en el Congreso de la Unión.

¿Ante quién rendirá cuentas de sus actividades el otro "presidente" , es decir el autonombrado "legítimo"?


El Guardián, septiembre 1, 2007.

Democrática Revolución

Nunca como antes el partido más antiguo de México ha estado, al mismo tiempo, tan lejos y tan cerca del poder. Me refiero al Partido de la Revolución Democrática (PRD). Y le llamo el más antiguo porque, a pesar de que formalmente fue fundado en 1989, es el heredero directo del histórico Partido Comunista Mexicano, el cual se remonta a 1919, es decir cuya trayectoria supera a los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional.

Y menciono lo de tan lejos y tan cerca del poder por las siguientes razones: de acuerdo con los resultados oficiales de los comicios federales de julio de 2006, el PRD es la segunda fuerza política de este país, sin embargo, a partir de esa fecha, su grado de identificació n con la gente se ha colapsado de manera sostenida.

En efecto, hace un año el PRD obtuvo 126 diputados federales y 29 senadores al Congreso de la Unión, una cifra nada despreciable si la comparamos con sus tendencias de votación en las legislaturas anteriores. En 1991 logró 41 diputados, en 1994 71, en 1995 125, en 2000 53 y en 2003 97. En lo que respecta a senadores, en 1994 contó con ocho y en 2000 con 17.

Una conclusión al vuelo de estas cifras nos indica que, a excepción de esa votación atípica de 1997, el PRD no había contado con este respaldo popular desde su instauración como tal.

En contraste, y como he afirmado líneas arriba, luego de este subidón en las preferencias ciudadanas, el PRD ha experimentado un proceso de alejamiento con los electores que bien puede adjetivarse como preocupante. Al respecto, la encuesta que realizó el Grupo Reforma en junio de este año, la cual mostró que sólo dos de cada 10 mexicanos opinan que este partido representa una opción política favorable para el país, al tiempo que menos de la mitad de sus propios seguidores (44 por ciento) coincide con ello (Reforma, junio 29, 2007).

Lo anterior también ha sido evidente en las pláticas y análisis informales que la gente realiza en la cotidianidad. Una cantidad considerable de los votantes del ex candidato de la Alianza por el Bien de Todos, Andrés Manuel López Obrador, se ha alejado no sólo de este personaje, sino de los institutos políticos que lo postularon (PRD, PT y Convergencia) por el hecho de no estar de acuerdo con la posición que adoptó luego de las pasadas presidenciales. Más allá de la intensa campaña de desprestigio a la que fue sometido por sus contendientes, declaraciones del tipo "al diablo con las instituciones" lastimaron la confianza que la ciudadanía había depositado en él.

Ahora que el PRD está celebrando el pleno de su X Congreso Nacional Extraordinario en la Ciudad de México es tiempo de reflexión sobre este partido, sobre su papel trascendental y crucial en la vida política del país y, en especial, sobre su futuro. La sociedad mexicana no puede no contar con una opción de izquierdas debido a sus peculiares condiciones socioeconómicas. Esta carencia se refleja en el comportamiento errático de la política nacional al no tener –realmente—un partido de izquierdas acorde a los tiempos que corren.

Al respecto, el Dr. Guillermo Sheridan se dio a la tarea de recabar en tres diarios nacionales –incluida La Jornada—las opiniones que, sobre el PRD, han hecho sus propios militantes. Ha sido tan aleccionador este ejercicio que a continuación reproduzco un fragmento del mismo:

El PRD es un partido clientelista, caudillesco, corrupto, oportunista, utilitario, mentiroso, fraccionado, oneroso, decepcionante, usufructuario, dividido, ineficaz, inconsistente, desprovisto de inteligencia, confrontacional, indisciplinado, irresponsable, mapachoso, caótico, manipulador de conciencias, de sindicatos, de gastos, sectarista, esterilizante, paralizado, cojo, mermado, rudimentario, ineficiente, pragmatista, voluntarista, inmoral, extraviado, esquizoide, tránsfuga, incompetente, saboteador, autosaboteador, ambicioso, desdeñoso, despilfarrador, creador de estructuras paralelas, desacreditado, propenso a la autodestrucció n, ensimismado, autista, vicioso, perverso, convenenciero, que "anda de ofrecido", con "evidentes señales de descomposició n", convencido de que "acuerdo mata estatuto", "poco institucional" , francotirador, gran "agencia de colocaciones" y está "lleno de traidores" (Guillermo Sheridan, "Un PRD para todos", en El Minutario).

Vaya. Si esa es la opinión que los perredistas tienen sobre su organización, ya me imagino lo que la demás gente piensa de ellos. Sin embargo, como bien apunta Sheridan en su texto, cuando los simpatizantes de las izquierdas hacen públicos este tipo de comentarios, estos no dejan de ser tachados de "derechistas, fascistas, pedantes, reaccionarios, pirruris de El Yunque", entre otros curiosos adjetivos.

El PRD tiene una herencia histórica que lo obliga a no quedarse en el sitio que actualmente ocupa, ese que mezcla lo nuevo y lo añejo en un metro cuadrado, ese que genera 20 opiniones contrarias donde sólo hay 10 personas, ese que la gente sigue respaldando, pero cuyos propios integrantes jalan hacia abajo.

En suma, muchos deseamos que el PRD deje de ser un partido de corrientes y se transforme en una unidad de vanguardia para la sociedad.


El Guardián, agosto 18, 2007.

Moleskine HCH (III)

Leo algunas notas periodísticas que generó el XII Festival de la Huasteca, el cual se realizó del 26 al 29 de junio en Huauchinango.

Desde la Ciudad de México Patricia Peñaloza escribe: "los versadores invadieron como pocas veces las calles empedradas. La rima y el falsete saltaron en cada esquina, en cada bolita de gente reunida aquí y allá, ya fueran integradas por avezados o espontáneos. La permisividad, dentro del festival, por parte de las autoridades locales, para ingerir alcohol en la vía pública, ayudó a expandir los sentidos durante tres noches, en que infantes y gente mayor saturaron entusiastas las tarimas de baile" (La Jornada, julio 30, 2007).

Lesly Mellado, en Puebla, señala que: "desde la histórica vendedora de elotes que diagnosticó que los huachis se habían puesto 'relocos', hasta Amparo Sevilla, alma del Festival de la Huasteca, que se declaró conmovida por el número de personas que congregaron los músicos, curanderos, artesanos e investigadores; todos hablaban sobre el estilo 'serranito' de bailar" (La Jornada de Oriente, julio 30, 2007).

Heriberto Hernández, un poco más emocionado, destaca: "algunos veracruzanos aseguraron, 'acá en Huauchinango valió madre el festival que se hizo en Pánuco; los tamaulipecos se sorprendieron, '¡nunca nos imaginamos que en Huauchinango se bailara tanto el huapango!'; los futuros organizadores del XIII Festival de la Huasteca, en el municipio de Xilitla, San Luis Potosí, asimilaron el festival de Huauchinango como un reto a superar en la edición que les toca encabezar: 'en verdad que estamos con la boca abierta, así nos tiene la gente de Huauchinango y a ver qué hacemos nosotros en Xilitla para no quedar mal'" (La Quinta Columna, julio 30, 2007).

Como puede apreciarse, el Festival tuvo éxito. Y no me refiero sólo a estos testimonios, sino a lo que se vivió en la Plaza del Ayuntamiento las noches en que se desarrolló el asunto. Yo estuve presente el sábado 28 y, en efecto, lo primero que llamó mi atención fue la gran cantidad de asistentes al recital. Uno de los comentarios que más escuché fue que aquello parecía la Feria del pueblo, pero no en su versión contemporánea, sino aquellas viejas ediciones que se montaban en las estrechas calles del Centro.

Otro punto a destacar de este acontecimiento es el potencial turístico que tiene Huauchinango. De esto se ha hablado en múltiples ocasiones, sin embargo, el Festival ha significado una especie de "redescubrimiento" . ¿A qué me refiero? A que mucha gente –sobre todo foráneos—confirmó la existencia de la ciudad y la variedad de atractivos que puede ofrecerle.

Durante años he escuchado, en especial al inicio de las administraciones locales, que es urgente impulsar el turismo en la región. De acuerdo. Los actos del fin de semana pasado demuestran que existe un mercado potencial de turistas interesados en asistir y que generarían importantes derramas de dinero a los proveedores de bienes y servicios (sólo habría que preguntar a los hoteleros y restauranteros, por mencionar un sector, qué tal les ha ido durante los cuatro días del Festival). Pero también para los locales ha sido satisfactorio comprobar que existe la capacidad de albergar eventos de estas magnitudes (con un poco de ayuda federal y estatal, claro).

Sin embargo, el último punto que pongo sobre la mesa me parece el más significativo. La nutrida asistencia a las actividades y a los conciertos demuestra con cierta contundencia el interés que existe por los actos culturales entre los huauchinanguenses. Algo así como el ansia por una oferta alternativa de pasatiempos o diversiones más allá de la vuelta al parque o el ingreso nocturno al catálogo de antros disponibles.

Lo anterior se refuerza con lo sucedido en junio de 2006: la presentación del libro Huauchinango haciendo su historia (INAH-CONACULTA, 2006), la cual se llevó a cabo en el recinto de la Sección 39 del Sindicato Petrolero con una asistencia y participación considerables.

¿Por qué es de llamar la atención esto? Porque, en primera instancia, uno pensaría que a la gente –sobre todo de Huauchinango— no le interesan los actos culturales. Los hechos están demostrando que sí existe cierta receptividad a la limitada oferta, quizás motivada por este factor, y que puede sacarse amplio provecho del mismo en el corto plazo.

Ambos acontecimientos –la presentación y el Festival—nos permiten afirmar que existen condiciones para fomentar este tipo de actividades en la ciudad. Pienso, por ejemplo, en inversionistas que monten –por fin—una sala de cine o en compañías que traigan obras de teatro, conciertos y exposiciones más allá de los días en que se desarrolla la Feria de las Flores. Algo que, sin duda, la población agradecerá.

Más allá de la derrama económica y la exposición mediática que representó el Huapango Fest para la ciudad, uno de los beneficios que nos ha dejado este acontecimiento es la confirmación de un potencial mercado cultural. Un dato duro que deben tomar en consideración las autoridades y los inversionistas.


El Guardián, agosto 4, 2007.

Huauchinango CXLVI

Llegué a Huauchinango a la edad de dos meses y viví regularmente en este lugar hasta 1993, fecha en la que me mudé a la Ciudad de México para estudiar en la Universidad Nacional. Sin embargo, mis vínculos se han mantenido firmes. Aquí están mis muertos, mi casa y mis amigos. También un puñado de lugares emblemáticos y muchos recuerdos. Como suele suceder en este tipo de relaciones, a veces ya no puedo distinguir con claridad los sentimientos que me genera volver al origen.

Cada vez que miro esa panorámica de Huauchinango desde la carretera federal 130 me pregunto qué cosas podrían hacerse con el fin de mejorar el nivel de vida de sus habitantes. Me refiero a las que en verdad sería posible realizar. Todos los que hemos vivido aquí sabemos que, de entrada, el terreno sobre el cual se montó ofrece un reto urbanístico para cualquiera: no estamos en un valle, tampoco en una planicie. Al contrario, nos hallamos en medio de la Sierra, entre cerros, con pendientes a granel.

Después me convenzo de que las ideas que me llegan a la cabeza es muy probable que las hayan tenido decenas, cientos o quizás miles de huauchinanguenses a lo largo de la historia. ¿Quién podría estar en contra de mejorar las condiciones del pueblo? Unos cuantos, es posible, pero el promedio nos debe arrojar una búsqueda constante del bienestar.

El punto, en contraste, radica en que pasan los días, pasan los meses, pasan los años, pasan las administraciones públicas, pasan las personas, pasan las generaciones, pero muchas de las carencias, de los rezagos y de los pendientes siguen tan incólumes como en el pasado. Claro, ya no son exactamente los mismos, han disminuido o se han vuelto más complejos, pero en esencia son tan puntuales como la llegada de la lluvia y de la neblina.

Pienso en algunos asuntos, por ejemplo, ¿cuándo habrá una oferta de empleo atractiva y bien remunerada?, ¿cuándo contaremos con mejores servicios públicos?, ¿cuándo daremos ese salto cualitativo de pueblo grande a ciudad pequeña? De hecho, sin ser tan pretenciosos, algo simple y cotidiano, ¿cuándo volveremos a contar con una sala cinematográfica?

En este aniversario de Huauchinango –el número 146—uno no deja de volver a experimentar esa serie de emociones mezcladas que genera pensar en este lugar. Por un lado, la alegría por la conmemoración de un hecho que, de una manera u otra, cohesiona a la comunidad en un mismo ideal: el de saber que pertenece a algo en el tiempo y el espacio. Por el otro, el de la frustración y la rabia de volver la mirada hacia todo aquello que es susceptible de ir a mejor y que no cambia.

Ahora que esta celebración nos ha pillado con una buena cantidad de visitantes en las calles es conveniente mirarnos en los otros para saber quiénes somos en la actualidad. En este año 2007 me atrevo a afirmar que permanecemos acechando algo en la zona de arranque, pero que nadie aún ha hecho detonar el disparo de salida.

Huauchinango: te quiero desde lejos y desde cerca te extraño.

146

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El Guardián, julio 28, 2007.

La ley y el orden

Ayer viernes 20 de julio ha entrado en vigor el multicitado nuevo Reglamento de Tránsito para la Ciudad de México y algunos municipios conurbados a esta demarcación. El asunto, pese a ser exclusivo de la Zona Metropolitana, tiene algunos puntos interesantes para la generalidad. Uno de ellos es volver a poner en la mesa el debate de la legalidad y su operación.

Propongo un ejercicio. Pensemos por un momento como gobernantes, es decir como si usted lector ocupara un puesto de responsabilidad pública. Pongamos, por ejemplo, que trabaja en una oficina vinculada con el tránsito de la ciudad en la que habita.

El sentido común le indicará que debe iniciar sus actividades realizando un diagnóstico de sus nuevas responsabilidades. De esta forma sabrá cuáles asuntos van bien y cuáles deben corregirse de forma inmediata o en el mediano y largo plazo.

Usted cumple con esta tarea, pero su compromiso cívico lo lleva a no limitarse a esa labor de escritorio. Se arremanga la camisa y sale a la calle a comprobar lo que los papeles le han mostrado. Usted se percata de manera directa que algunos automovilistas conducen sin el carné respectivo, que no utilizan el cinturón de seguridad, que llevan a sus hijos recién nacidos en el asiento delantero, que se estacionan en doble y triple fila, que circulan fuera de los límites de velocidad, en fin, todo un catálogo de irregularidades que pueden resumirse en la siguiente expresión: no se está respetando la normatividad vigente.

¿Cuál es el siguiente paso? Motivado por sus colaboradores, por los medios de comunicación y por su entorno, usted sabe que lo que viene es plantear soluciones concretas. Es decir, ¿qué va a hacer para mejorar la situación?

Usted recurre a la vieja práctica de reflexionar en solitario, o bien, convoca a varias juntas de deliberación para acceder a la mejor decisión. Sin importar su preferencia, la experiencia ha demostrado que ambos métodos de trabajo suelen generar una gran conclusión: hay que hacer cumplir la ley. Para comprobar lo anterior se puede recurrir a las hemerotecas con el fin de revisar las declaraciones de los funcionarios en el sentido de que, para corregir el rumbo, se debe respetar el Estado de Derecho.

Bien. Hasta aquí el trabajo va fluyendo. Ahora viene otra etapa que consiste en saber si va a aplicar el marco jurídico vigente o si va a crear uno nuevo. Por lo regular, y recurriendo de nuevo a la memoria histórica, la segunda vía suele ser la preferida. Las razones son varias: los funcionarios sienten que están haciendo algo propio, que dan por concluida –de manera simbólica—con una etapa y una carga del pasado y, dependiendo del periodo en que asumieron el cargo, que muestran con claridad su autoridad.

Entonces, supongamos que usted decide modificar todo el marco que regula el tránsito de su ciudad para, de esta forma, corregir todo lo que ha observado que estaba mal desde el inicio de su encargo. Para ello, convoca a expertos, pide la opinión de la ciudadanía, hace el anuncio en los medios de que ya está manos a la obra.

Por fin, y luego de algunos meses de trabajo, tiene su producto terminado: un nuevo Reglamento. La promesa consiste en que, ahora sí, esta guía permitirá una mejor convivencia y garantizará el orden. Dependiendo de su personalidad hará una presentación fastuosa o discreta. El punto es que, piensa, ha llegado al final de su encomienda y ahora sólo se trata de que el ordenamiento camine.

Durante las primeras semanas la ciudadanía está involucrada en el tema. Ante la amenaza de sanciones severas, la mayoría lee el texto, lo graba en su memoria y lo aplica durante sus travesías. Usted, como funcionario, ha sorteado esta primera etapa de evaluación con relativo éxito.

Sin embargo, los problemas comienzan a aparecer. De repente, un automovilista no respeta la entrada de un domicilio particular y no pasa nada. Otro obstruye un paso cebra y tampoco hay sanción. En las escuelas las señoras se estacionan donde pueden –y donde quieren—bajo el argumento de la prisa, encaran a otros padres de familia que también tienen mucha urgencia y, al final, todo se resuelve con un intercambio limpio de insultos.

¿Qué sucede? La flamante legislación comienza a flaquear no por su insensatez o por debilidades en su redacción. No. Simplemente no existen los mecanismos para llevarla a la práctica real. Es decir, la administración pública no cuenta con los recursos suficientes para cerciorarse de que ésta se aplica. Y, peor aún, aunque tal escenario se cumpla, por ejemplo, que haya agentes de tránsito en las esquinas, la confianza del ciudadano se viene abajo cuando nota que, otra vez, todo puede arreglarse a través de las vías informales (aunque dicha situación esté penada en el nuevo ordenamiento).

Usted, funcionario público, en la soledad de su oficina le dará vueltas al asunto. La cosa se dirige al mismo escenario que conoció en su diagnóstico y que prometió modificar con su actuación. Sus intenciones y esfuerzos han sido loables. Nadie lo puede dudar. Pero el punto es que la inercia de las cosas parece ser inevitable, al menos en su ciudad y en su país.

Dos escenas vienen a su mente. Una es la de sus profesores universitarios que le repitieron hasta la saciedad que lo importante en el ejercicio del poder público (y en la vida misma) no sólo son los qués, sino los cómos. Otra es la del Jefe Gorgory de Los Simpsons afirmando que la ley no está para protegerte, sino para castigarte.


El Guardián, julio 21, 2007.

Dos sistemas de valores

Hace unos días leí la crónica de un joven de esta ciudad, militante del Partido Acción Nacional, en la que daba cuenta de la jornada electoral en la que su organización había decidido quién sería el candidato a la alcaldía. En ella se hacía referencia a la cerrada competición entre los finalistas, al tiempo que daba pistas sobre lo que sería la batalla final. Por lo que escribe se intuye que el candidato al cual apoyaba no obtuvo la nominación. Lo interesante de su texto, sin embargo, es que dejaba entrever que esto se había debido a la utilización de métodos dudosamente democráticos por parte de su contrincante.

La sabiduría popular suele afirmar que cada quien habla de acuerdo a como le va en la feria. Si preguntásemos a los que les ha tocado estar en el bando perdedor, sin duda tendríamos todo un catálogo de explicaciones, argumentaciones y alegatos para justificar dicha situación. En contraste, los vencedores también suelen esgrimir una serie de razones por las cuales han ocupado dicha posición, cuando el embeleso del triunfo se los permite.

Lo anterior aplica a cualquier campo de la actividad humana. Sin embargo, por ahora nos concentraremos sólo en una de ellas.

La política, se ha dicho hasta la saciedad, es algo inherente a las personas. Todos somos animales políticos, de acuerdo con Aristóteles. En efecto, todos practicamos –en mayor o menor grado—esta actividad. No es necesario haber leído a Max Weber para saber que una esposa sagaz puede ejercerla en su casa para obtener algo de su marido, o que el estudiante también la experimenta en su clase o dentro de su grupo de amigos. En suma, todos hemos sido políticos ocasionales en alguna ocasión.

Sin embargo, la política profesional se ha reservado para unos cuantos. Quizás no los más aptos, pero sí aquellos que han sentido el llamado, o bien, los que han contado con los recursos suficientes para su ejercicio (tanto financieros como temporales). Es esta versión la que nos interesa a los politólogos y la que ha generado un elevado desprecio entre la población.

En efecto, a día de hoy, una de las profesiones más denostadas es la de la política. Para comprobar esta afirmación sólo hay que remitirse a las encuestas de opinión. Ahí se verá que, por lo regular, la gente suele mostrar dos tipos de comportamientos respecto a la misma: a) desprecio hacia sus practicantes, b) reconocimiento de su importancia. Necesitamos políticos, sí, pero no nos gusta cómo actúan los que tenemos, parecería ser la conclusión.

Al respecto, siempre es conveniente recurrir a los clásicos, por ejemplo, a Nicolás Maquiavelo. Este autor italiano –muy citado, poco leído—es famoso por haber escrito una serie de recomendaciones a los gobernantes para obtener, retener y expandir el poder. Sin embargo, el valor de su obra no sólo radica en este hecho. El príncipe también mostró la existencia de dos sistemas de valores, contrapuestos y en conflicto, que aplican para la gente común y para los políticos profesionales.

Maquiavelo comprobó hace 500 años la existencia en paralelo de la moral del mundo cristiano y de la moral del mundo pagano. La primera sirve para encontrar la virtud en la vida privada y la segunda para encontrar la virtud en la vida pública.

¿Qué quiere decir esto? Que quien quiera dedicarse a la política deberá acogerse a los lineamientos del segundo sistema de valores, el cual está compuesto por características como el coraje, el vigor, la fortaleza ante la adversidad, el orden, la disciplina, la fuerza. En contraste, para quien aspira a la caridad, la misericordia, el sacrificio, el perdón a los enemigos, el desprecio a los bienes terrenales, entre otros, no se le recomienda seguir ese camino.

Estos postulados suelen generar molestia por su violencia o su crudeza pero, sobre todo, por una razón filosófica: ambos sistemas de valores, incompatibles entre sí, plantean un signo de interrogación en la vida de los hombres. ¿Qué opción debo escoger? En palabras del teórico Isaiah Berlin, lo que Maquiavelo sacudió con este descubrimiento en la historia de la humanidad fueron las bases mismas de la moral occidental: uno puede salvar su alma o servir a un Estado, pero no hacer ambas cosas a la vez.

Para finalizar una reflexión. Este diagnóstico realista no debe utilizarse para justificar cualquier tipo de comportamiento de los políticos. El sistema de valores por el cual se rige su actividad también tiene un contrapeso en la legalidad. De lo contrario, estaríamos de vuelta en el estado de la naturaleza de todos contra todos, a merced de los más fuertes o los más hábiles.

Para corregir los abusos en el ejercicio de la política existen la legalidad y las instituciones, las mismas que también están presentes en la obra de Maquiavelo cuando afirmó que el hombre no es malo por naturaleza, pero que siente una irresistible tendencia hacia el mal cuando no existe algo que se lo impida.


El Guardián, julio 14, 2007.