lunes, octubre 08, 2007

El otro 2 de julio

El pasado sábado no sólo debió servir para rememorar el quinto aniversario de la victoria electoral de Vicente Fox. También debió recordarnos que estamos a un año de los próximos comicios presidenciales. Un proceso que se encuentra ya en una fase avanzada y que, de forma progresiva, irá llamando la atención de los medios y la ciudadanía.

La elección de julio de 2006 tiene diversas características que la hacen única e interesante. Por ejemplo, será la primera ocasión en que el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) no será designado mediante la intervención del Ejecutivo Federal, es decir correrá a cargo del propio partido sin un árbitro visible. Esto puede acarrear un cierto riesgo de fractura al interior de su militancia si el resultado no satisface las expectativas de los grupos más importantes.

Sin embargo, tal y como lo han demostrado estos cinco años fuera de Los Pinos, los priístas han desarrollado una notable capacidad de recuperación que puede garantizarles salir bien librados del proceso de elección interna. No sólo se han mantenido relativamente unidos pese a la derrota de 2000 y la multa impuesta por el Instituto Federal Electoral (IFE) por mil millones de pesos, sino que su balance electoral muestra un saldo favorable. De las diez gubernaturas disputadas el año pasado obtuvo siete, incluyendo la del estado de Puebla, la cual fue ganada –junto con la mayoría del Congreso estatal—con relativa facilidad (49.62 por ciento de los votos frente a 35.97 de su más cercano competidor).

Otro aspecto interesante es que los comicios de 2006 tendrán como uno de sus principales protagonistas al personaje político más popular de la actualidad. El Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, arribará a este proceso con las tendencias de opinión más altas que se tengan memoria para un candidato presidencial. Su posición como alcalde de facto de la capital, que lo ha colocado en el centro de todas las miradas del país, contrasta con lo ocurrido en el pasado con otros candidatos provenientes de posiciones con menor proyección.

Según la medición levantada por El Universal en el mes de mayo, la aprobación de su desempeño se ubicó en 81 por ciento y su calificación fue de 7.9 en una escala de uno a diez (El Universal, junio 13, 2005, p. 1). Algo inusual para cualquier político contemporáneo no sólo del país, sino de otras latitudes.

El aspecto a destacar es que, pese a lo que podría pensarse, estas cifras no significan un pasaporte directo a la Presidencia. El problema radica en que su plataforma, su base y su respaldo, es decir el Partido de la Revolución Democrática (PRD), se encuentra estancado en un porcentaje promedio de votación nacional de entre 15 y 20 por ciento (en el 2000 sólo obtuvo 16.64 por ciento de los votos), lo cual es insuficiente para aspirar a ganar la elección del próximo año. De hecho, en determinados estados el PRD se encuentra por debajo de ese nivel. En los comicios federales de 2003, este partido obtuvo porcentajes de votación simbólicos en Yucatán (5.26) y Jalisco (6.67), y casi inexistentes en Campeche (2.40) y Nuevo León (2.12).

Analizando estos hechos en ambos partidos, una conclusión es que el candidato más popular posee un partido débil y, por el contrario, el partido más fuerte cuenta con un candidato a la mitad de las preferencias. Parafraseando a la politóloga Denise Dresser, López Obrador está montado en el Tsuru perredista, mientras que el Ferrari priísta lo conduce Madrazo Pintado.

Por su parte, el tercer partido en disputa, el gobernante Acción Nacional (PAN), posee el panorama más desalentador para el próximo año. Los comicios recientes muestran ya el peso de las facturas que la ciudadanía le hace llegar al gobierno de la alternancia. Pese al apoyo más o menos declarado del Presidente, o como consecuencia del mismo, los índices de votación hacia ese partido han disminuido de forma alarmante. Los casos más notables han sido las derrotas en Nayarit (donde de ser partido en el gobierno pasó a ocupar la tercera posición), Guerrero (con sólo uno por ciento de la votación total) y el multicitado Estado de México (de competir en principio por el primer puesto quedó a más de 20 puntos del ganador).

La elección de 2006 también se caracterizará por dos elementos novedosos. El primero, la nueva composición del árbitro de la jornada, es decir el Consejo General del IFE. El segundo (y más importante), la incorporación de un probable universo de entre 400 mil y 800 mil votantes que viven fuera de México. La reciente aprobación del voto de los mexicanos en el exterior en su modalidad postal incorporará un factor desconocido a estos comicios: la intervención efectiva de aquellos que han tenido que abandonar el país por diversas circunstancias, entre ellas, la carencia de oportunidades para acceder a mejores niveles de desarrollo.

Aún faltan 12 meses para la siguiente cita federal con las urnas. Tiempo suficiente para presenciar acontecimientos que no pueden preverse con la facilidad de antaño. Los 71 millones de electores que estaremos en posibilidad de decidir quién guiará al país hasta el año 2012 estaremos expuestos a toda clase de mensajes en busca de ratificar o modificar nuestras preferencias.

Quizás el único rasgo que puede anticiparse desde este momento es el enorme gasto –y derroche—de recursos públicos y privados en las campañas, la presencia de una excesiva estrategia mediática de posicionamiento de todos los candidatos y la andanada de acusaciones personales para desprestigiar a los adversarios ante la opinión pública. Esperemos que este escenario no se confirme conforme se acerque el dos de julio de 2006.

El Guardián, julio 9, 2005.

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