lunes, octubre 08, 2007

Cinco años después

Hoy se cumplen cinco años de la victoria electoral de Vicente Fox. Un hecho significativo que modificó la historia contemporánea de México ya que, por primera ocasión luego de 71 años, un partido diferente al Revolucionario Institucional (PRI) accedía al cargo público más importante del país. La culminación temporal de un lento y gradual proceso de democratización en el que se involucraron varias generaciones. Visto a la distancia, el acontecimiento no es algo pasajero o superficial. Sin embargo, casi al final de este primer periodo de cambio, los saldos no son los que se preveían en aquella noche de julio del año 2000.

Vicente Fox fue –sin duda—un candidato exitoso. Su carisma, su discurso y su decisión contagió a muchos votantes, sobre todo aquellos que tradicionalmente están desvinculados de partidos y organizaciones, pero que suelen ser determinantes al momento de definir al ganador. El insuficiente respaldo hacia el candidato del PRI por parte del presidente en turno, Ernesto Zedillo, representó también un factor decisivo en ese suceso histórico. Como lo ha reconocido el propio Francisco Labastida, su candidatura perdió por no haber contado con el apoyo del sistema: “usted es un buen candidato, pero no tiene presidente atrás”, le dijo el ex secretario de la Contraloría, Arsenio Farell (El Universal, julio 1, 2005, p. 10).

Las preocupaciones sobre posibles brotes de violencia o inconformidad se disiparon en el momento en que Zedillo apareció en cadena nacional reconociendo el triunfo del candidato opositor. El pulcro papel que desempeñó el Instituto Federal Electoral (IFE) en el proceso ayudó a consolidar ese cambio radical consistente en contar con el primer gobierno de alternancia desde la Revolución Mexicana.

Sin embargo, como he apuntado al inicio, el corte de caja luego de cinco años de este hecho no es del todo positivo. Una breve revisión sobre el desempeño de la actual administración muestra que, lejos de haber cumplido las altas expectativas expuestas durante la toma de posesión de diciembre de 2000, hoy lo que prevalece es un sentimiento de resignación y una nerviosa cuenta regresiva para conocer quiénes serán los candidatos a la Presidencia de México el próximo año.

El gobierno de Vicente Fox ha sido bienintencionado, pero ineficiente. Puesto sobre la balanza, hay más puntos en contra que a favor. La enumeración de estos temas es amplia, por lo que sólo es conveniente repasar los más significativos.

En primer término, no se aprovechó la fuerza y el capital político obtenido luego del triunfo electoral. Las reformas más importantes al marco jurídico y al sistema político no fueron abordadas en un primer momento. Conforme avanzó el tiempo fue mucho más difícil lograr consensos sobre los mismos. Así, la administración actual se vio encajonada por unas reglas del juego desfasadas, por partidos que bloquearon a toda costa sus propuestas y por diputados y senadores que siguieron al pie de la letra la aseveración de que, en este nuevo escenario, “el presidente propone y el Congreso dispone”.

Otro aspecto negativo ha sido la incapacidad política del Ejecutivo y su gabinete. Aunque no han existido brotes significativos de inestabilidad social (a excepción de la creciente ola de violencia en el norte del país vinculada con el tráfico de drogas), la percepción que ha dejado este gobierno es que ha perdido el poder y el control sobre asuntos en los que el Estado siempre ha llevado la batuta. Un concepto mal entendido sobre democracia y derechos civiles ha permitido que, en la actualidad, la investidura presidencial haya sido desafiada con la consiguiente pérdida de fortaleza ante la sociedad. Lo anterior no debe entenderse en el sentido de una añoranza por el presidencialismo del pasado, sino como un desgaste innecesario del máximo líder político de los mexicanos.

Como ha afirmado el politólogo Henry Mintzberg (Canadá, 1939), los gobiernos deben ser fuertes y deben ser motivo de orgullo de sus gobernados. Eso es precisamente lo que ha ido perdiendo paulatinamente la administración Fox. En la percepción general, el actual gobierno no ha sido capaz de realizar lo que se ha propuesto (el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, las reformas laboral y fiscal, el acuerdo migratorio con Estados Unidos), no muestra coordinación entre sus integrantes (las constantes rectificaciones a las declaraciones de funcionarios por parte del vocero Rubén Aguilar), no posee una política exterior clara (los conflictos con Cuba, la derrota por la presidencia de la Organización de Estados Americanos) y no es hábil políticamente (el confuso asunto de la pérdida de protección constitucional del Jefe de Gobierno del Distrito Federal).

Sin embargo, el punto crucial de este desprestigio y desilusión lo representa el propio Vicente Fox. Sus posiciones, su actitud y sus constantes errores verbales ya investido como presidente han frivolizado el cargo público más alto del país. De un tiempo a la fecha es cada vez más constante que el Ejecutivo haga alguna declaración desafortunada o polémica. Su exceso de sinceridad –e ingenuidad—lo conduce a provocar conflictos y tensiones donde no se requiere, así como a confundir aún más el escenario político. Un presidente que pide a la gente no leer para ser felices o que alaba las faldas de su segunda cónyuge es un asunto de llamar la atención.

A favor de esta administración también pueden enlistarse algunos temas. Entre ellos están la promulgación de las leyes de Transparencia y Acceso a la Información Pública y de Profesionalización del Servicio Público. De igual forma, la apertura otorgada a los medios de comunicación, el voto de los mexicanos en el extranjero y el mantenimiento de la estabilidad macroeconómica son aspectos favorables del actual gobierno.

De cualquier forma, el balance sigue siendo desfavorable. Esto es delicado porque lo que está en juego no sólo es el prestigio personal del Ejecutivo y su equipo, sino la preferencia por el sistema democrático de gobierno. En efecto, el buen desempeño de Fox afectará –está afectando—la continuidad de la democracia en el país. A mayor desilusión, mayor será la tentación de volver a un pasado que ha costado mucho tiempo y esfuerzo superar.

Por ello, la mejor celebración en este dos de julio de 2005, más allá de convocar a marchas o manifestaciones en el Ángel de la Independencia, debe ser reconocer los errores, trabajar sobre ellos y recordar que lo que sucedió hace cinco años no es algo que pueda echarse por la borda. Al menos no por un solo hombre.

El Guardián, julio 2, 2005.

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