Sin embargo, lo que también es un hecho contundente es que la política siempre está ahí. Para bien o para mal, esta actividad ha moldeado e influido a la humanidad a lo largo de la historia. Desde el esbozo de las primeras estructuras de autoridad hasta la formación de los Estados contemporáneos, el ejercicio de la misma ha tenido un lugar central en la existencia de los pueblos. El poder, materia prima y objeto de estudio de la política, ha sido un factor inherente e innegable de la naturaleza humana.
Es posible que muchas personas traten de ignorar o menospreciar la presencia de la política en sus vidas, o bien, aún siendo conscientes de esto, prefieren otorgar su consentimiento para que otros –los políticos—se hagan cargo de las responsabilidades que implica. Pero, a final de cuentas, de alguna u otra manera, todos nos veremos involucrados en mayor o menor medida en algún momento en ella.
Lo anterior viene a colación frente al turbulento escenario político mexicano de la actualidad. Al incremento de la violencia y la inseguridad de los días recientes se han sumado las cada vez más cercanas elecciones presidenciales y legislativas del próximo año. La consecuencia ha sido que, una vez más, un grupo de políticos muestre sus intenciones ante el electorado por ocupar los cargos públicos más importantes del país. Medios impresos y electrónicos han estado dando cuenta de todo un catálogo de buenas intenciones todos los días y a todas horas. Esto, que en primera instancia podría haber estimulado el interés de la gente por la política nacional, no ha tenido sino un efecto proporcionalmente inverso: aumentar el desagrado popular hacia la política y los políticos.
En efecto, el desinterés de los mexicanos por estos temas es evidente y, de hecho, ha crecido en los últimos años. La Segunda Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas realizada por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) por encargo de la Secretaría de Gobernación (SG), reportó en 2003 que para 51 por ciento de los mexicanos la política es una actividad que interesa “poco”, mientras que para otro 36 por ciento no interesa “nada”. Sólo un 10 por ciento dijo estar muy interesado en la misma. Asimismo, en una escala de calificación de confianza hacia instituciones y actores sociales, en la que cero es nada y diez es mucho, los partidos políticos obtuvieron una calificación de 6.4. Esta cifra fue la más baja de los 15 actores evaluados, situándose sólo por encima de la policía (6.1) y por debajo de los médicos (8.2), el Ejército (8.1) y la iglesia (8.1).
¿A qué se debe este desinterés de la población por una actividad que afecta su presente y el futuro de sus descendientes? Una primera respuesta es por la escasa calidad de la clase política que posee. Esta noble actividad ha sido acaparada por personajes que la han convertido en un botín y en una plataforma de intereses personales ante los ojos de la gente. El discurso político está desprestigiado debido a que es vacío y anticlimático. Sencillamente, no hay concordancia entre lo que se dice y lo que se hace. Las palabras son enanos, los ejemplos son gigantes, dice un antiguo proverbio suizo. Eso es precisamente lo que no ha pasado en el país: lo que los políticos proponen y prometen es lo que no ocurre y no es tangible.
Pero, ¿es esto sólo culpa de los políticos? De nuevo, una respuesta inicial sería no. Es decir, estos personajes no son ajenos a la comunidad a la que dicen servir. No provienen de otra atmósfera y ni siquiera son de un país extraño en el caso mexicano. Son producto de la propia sociedad a la que decepcionan posteriormente. Es difícil reconocerlo, pero gran parte del comportamiento de los políticos que no es aceptado por la comunidad es un espejo de lo que sucede en esta última.
Los políticos corruptos o demagógicos persisten porque poseen un mercado y un electorado que se identifica o avala las prácticas que realizan. Todos pueden criticar el enriquecimiento inexplicable de un funcionario, pero sólo algunos podrían soportar la tentación de comportarse de la misma manera ante un escenario similar. Un examen de la opinión pública sobre dicho comportamiento arrojaría que se califica al mismo tiempo como indecoroso, pero altamente exitoso. Al político que roba se le considera ratero. Pero al que no lo hace en el ejercicio de su gestión se le tilda de ingenuo (por decir algo sutil).
Para revertir esta situación se requieren muchos esfuerzos y tiempo para ver los resultados. Una primera opción es renovar los rostros de la política en todos los partidos. Inyectar sangre nueva a estos institutos con el fin de ganar un poco de confianza ciudadana. Por supuesto, otro requerimiento es contar con funcionarios públicos eficaces que resuelvan en la práctica los intereses y aspiraciones del electorado. Pero, sobre todo, es necesario que la propia población perciba a esta actividad como algo suyo, es decir donde pueda opinar y participar y no sólo ser espectador de unos cuantos iluminados. Tal y como afirma el ya lugar común, la política es demasiado importante para dejarla sólo en manos de los políticos.
No se conoce aún ninguna sociedad que esté totalmente volcada hacia los asuntos públicos con todas sus energías todo el tiempo. Esto es muy saludable, por cierto. Sin embargo, para el entorno mexicano, lo que se debe buscar es el tránsito paulatino de esa versión folklórica de la “óptima indiferencia” hacia una muy recomendable “óptima preferencia”.
El Guardián, junio 25, 2005.

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