Huauchinango ha crecido de manera significativa –y, sobre todo, desordenada—en los últimos años. Al arribar por vía terrestre se puede notar este fenómeno. Una progresiva mancha urbana ha ido ganando terreno a la escenografía natural. Indicadores de que este crecimiento no ha tenido la suficiente planeación previa son las casas que se encuentran en las laderas de los cerros. Este tipo de construcciones constituyen un permanente peligro para los que ahí habitan, tal y como se ha observado durante contingencias naturales atípicas como las lluvias de 1999.
De igual forma es notable cómo esa urbanización no ha tenido un desarrollo homogéneo. Las diversas colonias y asentamientos que han aparecido de un tiempo a esta parte no mantienen una secuencia o continuidad geográfica. Mientras algunas zonas están saturadas de vivienda, otras están subutilizadas o en espera de ser aprovechadas. Asimismo, las calles y caminos disponibles, diseñados en principio sólo para atender a unos cuantos habitantes, poco a poco se han vuelto obsoletas ante el incremento del número de autos en circulación.
Por otra parte, la primera impresión al llegar a la ciudad por medio del transporte foráneo es desoladora: dos improvisadas estaciones de autobuses a la orilla de la carretera. Algo que ya no es congruente con una ciudad de las dimensiones de Huauchinango. La estrechez de los espacios que ocupan se hace más notoria en las horas de mayor demanda, es decir durante los fines de semana. Huelga decir que en periodos de lluvia la situación alcanza grados de colapso para los usuarios tanto del transporte como de la propia carretera. Lo anterior es aún más evidente para los visitantes externos, los cuales, sin estar necesariamente acostumbrados a esta clase de desorden, perciben de inmediato la carencia de funcionalidad –y el peligro—que implica esta clase de infraestructura rudimentaria.
El centro de la ciudad, punto medular en la construcción de capital social, también ha sido víctima de un progresivo descuido. El parque localizado frente al Ayuntamiento se ha convertido en una especie de plaza comercial que ofrece los artículos más diversos, excepto el de ser el lugar de recreación y convivencia para el que fue concebido originalmente. Esto ha trascendido el montaje del tradicional tianguis sabatino para instalarse como una práctica común en la que no sólo ha sido perjudicada la imagen urbana de la ciudad, sino la calidad de vida de los propios pobladores.
En efecto, el acceso y traslado de la gente se ha entorpecido por la enorme cantidad de pequeños negocios que ahí se asientan, incluyendo calles y portales circundantes. Aunque esta clase de fenómenos puede explicarse como una respuesta a la carencia de empleos formales en la región, no puede justificarse ante el interés general de la comunidad relativo a tener orden y limpieza en su ciudad. De acuerdo con diversos reportes, las autoridades han tomado algunas acciones al respecto, sin embargo, los datos duros –que en este caso pueden recabarse de una simple visita al lugar—nos muestran que, a pesar de las buenas intenciones, el problema persiste y sigue afectando a un sector de la población.
Este hecho se hace más notorio ante la excesiva concentración de actividades que tienen lugar en esta zona de la ciudad. Todo pasa, por una u otra razón, por el centro: las operaciones bancarias, los trámites ante el gobierno local, la adquisición de bienes de consumo, la compra del diario. Existe un arraigado uso y costumbre local de asistir a la plaza central que se complementa con una insuficiente oferta de servicios en los nuevos asentamientos.
En términos generales, Huauchinango no es todo lo que quisiéramos que fuera hoy en día. Su condición de polo de desarrollo del norte del estado no se refleja efectivamente en la cotidianidad. Su potencial se encuentra varado en algún punto intermedio entre la abulia y la impotencia. Administraciones públicas van y vienen, pero los problemas básicos persisten y saltan a la vista de aquellos que vuelven luego un periodo fuera de la misma.
Una conclusión útil podría ser replantear la idea misma que sobre Huauchinango se ha tenido históricamente: la de ser, al mismo tiempo, un pueblo grande y una ciudad chica. En el futuro inmediato habrá que pensarla ya como una ciudad media, semi-urbana, con nuevos y complejos requerimientos que modificarán, para bien y para mal, la rutina y la vida de todos sus habitantes. Y en este proceso, todos los que alguna vez tuvieron que irse, tendrán un importante papel que desempeñar.
El Guardián, junio 18, 2005.

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